Rama
Rama
Rama
Ten cuidado, CASCADA. Ya sabes lo fácil que puedes terminar en la congeladora. Tan pronto como finalice tu asignación, todo vale.
No regresaré a ese agujero. Nunca más.
Sus dedos ya están coqueteando con el botón de "congelar", pero no te tomarán desprevenida.
Rama
Fin de esta rama
No hay espacios suficientes.
Rama
No creo que sean capaces de hacerme eso de nuevo.
La incapacidad de aprender del pasado te deja abierta y expuesta a nuevos abusos.
¿Hueles eso, CASCADA?
Un aroma casi dulce, ligeramente a quemado. El olor de refrigerante goteando.
Una intrusión del pasado, con la sensación aumentada de la realidad que la información olfativa facilita a la memoria.
¿Qué es eso?
El llamado de la Instalación Satélite B. Un vasto panal de salas hexagonales sin ventanas en una instalación satélite a 20 km de Novessa.
Donde la Ópera me tenía.
En un limbo administrativo, con los quemados y los que la cagaron en algo.
Durante cinco años, merodeaste como una entidad desencarnada por los laberintos de discos sin nombres, bolsas selladas al vacío y carpetas de una gama de colores que hasta vértigo causaba... tonos ocres, granadas, olivos y beiges.
Un arcoíris burocrático enfermizo, los decadentes restos de la memoria colectiva de la Ópera.
No tenía idea de por qué me encontraba ahí.
La falta de dirección, por supuesto, era parte del diseño... la famosa congeladora no es una simple instalación de almacenamiento, sino una cámara de pruebas.
Cada pocos días, te topabas con alguna otra pobre alma entre las estanterías, algún tipo o una chica que reflejaba una expresión aterrada o demacrada, o que ocultaba alguna otra lesión permanente asquerosa.
Desviaba la mirada, fingía no verlos.
No había nada que te separara de aquellos tristes seres, solamente el capricho de tus controladores.
Hubieras podido quedarte ahí para siempre, si no se hubiera presentado la ocasión de descongelarte.
Fue peor que el infierno mismo.
Tuviste suerte. Si tu controladora te hubiera considerado una traidora, te habrían marcado como entidad nula y te habrían fusilado. Si hubieran pensado que eras simplemente incompetente, te habrían enviado a las minas de cadmio en la luna.
Sabía que vendrían por mí tarde o temprano.
Un delirio autohalagador, pero sin sustento real, en este caso.
No te imaginas el tamaño de aquel laberinto. Es infinito...
No quiero pensar en ese lugar.
Y, sin embargo, ahí está, congelado para siempre en tus pensamientos, nunca completamente olvidado...
No, gracias, ahora mismo solo vivo el momento.
Ergo, una intrusión.